Sobre la forma

Vetas de madera marrón y blanca

Por qué la restricción genera lo que la libertad no puede.

Esta es la segunda entrega de Definición de Zen-Wu. A diferencia del resto, no empieza en el banco de trabajo. Establece la base filosófica de los dos ensayos siguientes y adopta un registro más formal, cercano al ensayo argumentativo. Quien prefiera lo concreto puede pasar al siguiente artículo, que aborda un caso específico. Quien quiera conocer sus fundamentos debería leer primero este.

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Escucha con atención una buena estrofa de rap, fijándote en su estructura. Las rimas no aparecen solo al final de las líneas: atraviesan su interior, se acumulan en grupos de tres o cuatro sílabas y recorren frases que parecen decir otra cosa. Debajo, el ritmo mantiene un tempo fijo. Cada sílaba debe caer en un lugar preciso. El MC no puede expresar libremente una idea y adornarla después. El esquema de rima ya está en marcha, el ritmo ya avanza y el pensamiento debe encontrar su camino entre ambos.

No es un arte sin rigor. Adam Bradley, en Book of Rhymes, sostiene que el rap hereda y amplía los recursos formales de la poesía inglesa: métrica, rima, encabalgamiento y patrones sonoros. Es uno de los sistemas formales más estrictos de la música popular. Quienes destacan lo hacen gracias a sus restricciones.

La intuición común es la contraria. Se ve la restricción como un coste. Uno puede aceptarla para ahorrar tiempo, evitar un daño o cumplir una promesa, pero se considera una pérdida. Más opciones parecen mejores que menos; más libertad, mejor que más vínculos. Vivimos dentro de esa idea. Moldea cómo hablamos de tecnología, trabajo, ética y casi todo lo demás.

Nadie que practique una tradición formal entiende así su forma. Igor Stravinsky lo expresó con claridad en sus conferencias de Harvard de 1939, Poética musical:

Mi libertad consiste, por tanto, en moverme dentro del estrecho marco que me he asignado para cada empresa. Iré más lejos: mi libertad será tanto mayor y más significativa cuanto más limite mi campo de acción y me rodee de obstáculos. Lo que disminuye la restricción disminuye la fuerza. Cuantas más restricciones se impone uno, más se libera de las cadenas que sujetan el espíritu.

Pregunta a un jugador de go si quiere un tablero mayor para tener más jugadas. A un poeta de haiku, si diecisiete sílabas son una jaula. A un rapero, si preferiría librarse de los dieciséis compases. No han aprendido simplemente a soportarlos. La restricción constituye la práctica. Una cuadrícula de diecinueve por diecinueve hace posible el go. Ampliarla no produce un go más libre, sino algo que ya no es go.

Johan Huizinga, en Homo Ludens (1938), sostuvo que este patrón va más allá del arte. La propia cultura surge como juego: actividad voluntaria dentro de un espacio delimitado, con reglas cuya única autoridad es el acuerdo de quienes participan en tratarlas como vinculantes. Llamó a ese espacio el círculo mágico. El tablero de go lo es, como un soneto o una estrofa de dieciséis compases. Al entrar, se abre un mundo específico; al salir, se desvanece. Las reglas se sostienen porque quienes están dentro eligen sostenerlas, y esa elección hace que exista el interior.

Es una cuestión estructural, no mística. Una forma descarta la mayoría de las posibilidades para que las restantes tengan peso. En el rap, una rima llega con fuerza porque la forma ha creado una expectativa. Una rima multisilábica que resuelve tres compases después se siente porque el oyente seguía el patrón. Sin él, solo queda una palabra. Sin expectativa no hay acontecimiento. Sin forma no hay peso.

Viktor Shklovski, en su ensayo de 1917 El arte como artificio, propuso que el arte devuelve a la piedra su condición de piedra: dificulta de nuevo la percepción frente al automatismo del hábito. «La técnica del arte», escribió, «consiste en hacer extraños los objetos, dificultar las formas y aumentar la dificultad y duración de la percepción, porque el proceso de percibir es un fin estético en sí mismo y debe prolongarse». La restricción que obliga al creador a dar un rodeo obliga al público a acompañarlo. Es el mecanismo, no un adorno.

Así entendida, la forma produce contenido. Un mismo pensamiento expresado en un haiku y en una novela ya no es el mismo. Pesa, significa y actúa de otro modo. No se puede parafrasear un poema sin perder algo, porque su forma participa del significado en lugar de envolverlo simplemente.

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Se puede aceptar todo esto para el rap y el haiku sin creer que se aplique a las cosas físicas. Canciones y poemas son artificios deliberados y dependen de sus reglas. Pero las herramientas, el refugio y el trabajo que sostiene la vida obedecen a las reglas del mundo: eficiencia y supervivencia. Aquí, se argumenta, la restricción sí tiene un coste. Ahí está la cuestión interesante.

David Pye, en The Nature and Art of Workmanship, trazó una distinción que marcó casi todas las reflexiones serias posteriores sobre el trabajo manual. Existe el workmanship of certainty, en el que una plantilla, un programa o una máquina fija el resultado de antemano. Y existe el workmanship of risk, en el que «la calidad del resultado está continuamente en juego durante el proceso de fabricación». Pye no habla de una tasa de fallos, sino del compromiso que exige el trabajo. Una operación con plantilla produce un objeto; el trabajo de riesgo forma además a quien lo hace. Sin riesgo no hay llamada al juicio, y sin juicio no hay práctica en la que entrar. La forma de un oficio tradicional mantiene productivo ese riesgo.

Pensemos en una tradición duradera: las sillas Windsor, el cepillado japonés o la carpintería estructural con ensambles hechos a mano. La tradición determina más que el aspecto. Especifica materiales, herramientas, orden de operaciones y lógica estructural. Sus reglas no son arbitrarias, pero tampoco derivan de la función por sí sola. Una silla en la que sentarse puede construirse de mil maneras. La forma Windsor elige un corredor estrecho entre ellas y exige que lo construido allí responda a criterios concretos.

¿Por qué trabajar en ese corredor? La respuesta funcionalista es que produce mejores sillas. Es parcialmente cierta, pero deja de lado lo esencial. El rap y Stravinsky ya dieron la respuesta: dentro de una forma aparecen destrezas, percepciones y juicios que no existen fuera. Quien lleva diez años construyendo sillas Windsor ha desarrollado una manera particular de ver la madera, sentir los ensambles y entender cargas y líneas. Solo existe como consecuencia de trabajar así. Es la destreza de esa forma, no una capacidad general.

Alasdair MacIntyre nombró esa estructura en el capítulo catorce de Tras la virtud. Por práctica entendía:

Cualquier forma coherente y compleja de actividad humana cooperativa, establecida socialmente, mediante la cual se realizan bienes internos a esa actividad al intentar alcanzar los criterios de excelencia que le corresponden y la definen en parte.

Su ejemplo más citado es el ajedrez, del que distinguió dos tipos de bienes:

Por un lado, los bienes vinculados externa y contingentemente al ajedrez… como el prestigio, la posición y el dinero… Por otro, los bienes internos a su práctica, que no pueden obtenerse de otro modo que jugando al ajedrez o a otro juego de ese tipo específico.

Los bienes externos pueden buscarse en cualquier actividad e intercambiarse entre ellas. Los internos no. Jugar más rápido a las damas no proporciona los bienes internos del ajedrez. Fabricar por otro método un objeto parecido a una silla Windsor no da los bienes internos de su tradición. El bien interno no se separa de la forma que lo genera. Hay que entrar en ella. MacIntyre debe aquí mucho a Aristóteles, para quien cada techné tiene su excelencia propia, alcanzable solo mediante su ejercicio, sin atajos.

Esto es lo que una explicación basada en la eficiencia no ve. Trata las maneras de obtener un resultado como intercambiables y las evalúa por rapidez y coste. No reconoce bienes que solo existen dentro de formas concretas, porque no tiene palabras para lo que no es sustituible. Y, sin embargo, buena parte de lo que realmente nos importa está dentro. Matthew Crawford, en Shop Class as Soulcraft, aplicó esta distinción al trabajo manual y mostró cómo separar pensamiento y fabricación vuelve invisibles ciertos bienes internos para quienes nunca accedieron a ellos. Existen dentro de la forma o no existen.

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Si esto es cierto, aceptar una restricción formal plantea otra pregunta. En lugar de «¿debo renunciar a algo que podría tener?», se pregunta «¿quiero acceder a lo que solo existe dentro de esta forma?». La respuesta puede ser no. No todas las formas son para todos, ni hay obligación de entrar en ninguna en particular. Pero ya no se trata de sacrificio, sino de entrada.

El carácter de la elección cambia. Quien rechaza el soneto, la tradición Windsor o los ensambles manuales elige un conjunto de posibilidades frente a otro. Toda elección es entre formas. No existe una posición sin forma, exterior a todas, desde la que contemplarlas por encima.

Kant, en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, definió la autonomía como la propiedad de la voluntad de darse su propia ley: libertad como autolegislación, no como ausencia de ley. Una voluntad que rechazara toda ley sería estructuralmente incoherente, pues no habría nada sobre lo que ejercer la libertad. El argumento también vale fuera de la ética. Creer que se puede vivir al margen de toda forma es otra forma, normalmente pobre, porque se aparta de los bienes internos de cualquier práctica sostenida.

Por eso mantener todas las opciones abiertas suele producir una sensación de vacío. Todas las puertas están disponibles, pero ninguna se ha cruzado lo suficiente para llegar más allá del vestíbulo. La libertad es real y también superficial. Se ha renunciado a la profundidad de experiencia que solo existe dentro de un compromiso concreto.

Esto no defiende ninguna forma en particular. Explica qué es una forma y qué permite entrar en ella. Elegir una tradición, una disciplina o una manera de trabajar la materia es otra cuestión, que exige mirar lo que cada una produce y decidir si deseamos esos bienes.

Antes hay que resolver la pregunta previa. Mientras no se haga, cada forma parece una jaula. Entendida como algo que genera posibilidades, la elección de cuál habitar se vuelve una pregunta real, con consecuencias reales, que merece nuestra atención.

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Una persona puede trazar un límite a su alrededor sin hacerlo por escasez, deber moral o nostalgia. Puede hacerlo porque ese límite produce lo que su ausencia no puede.

El siguiente artículo aborda una forma concreta de trabajar la madera, definida por una sola condición estructural. El argumento anterior puede ayudar a ver sus consecuencias para el cuerpo, el material y el trabajo.

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Definición de Zen-Wu

  1. La línea de niebla
  2. Sobre la forma
  3. El axioma
  4. Lo que sabe la mano
  5. Lo que afila la herramienta

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