Por qué el axioma no es arbitrario.
Esta es la cuarta entrega de Definición de Zen-Wu. El axioma nombró la condición sobre la que se construye Zen-Wu: cada corte lo realiza un filo afilado, y nada sustituye a la agudeza del filo. Un oficio podría definirse por muchas condiciones distintas. ¿Por qué construir uno sobre la agudeza del filo? Si todas las formas valieran lo mismo, la elección sería cuestión de gusto, y Zen-Wu sería un juego entre muchos.
La razón viene de muy lejos: de cómo llegó a formarse la mano que sostiene la herramienta.
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En 2015, un equipo dirigido por Sonia Harmand publicó herramientas de piedra procedentes de Lomekwi, un yacimiento en el lado oeste del lago Turkana, en el norte de Kenia. Con 3.3 millones de años, son las más antiguas que se conocen, anteriores en cerca de medio millón de años a los primeros fósiles atribuidos al género Homo. Quien las hizo aún no era humano, y sigue sin saberse de qué hominino se trataba. Las herramientas son sencillas: grandes lascas y los núcleos de los que se desprendieron. Los negativos de lascado en los núcleos muestran que los talladores entendían cómo se fractura la piedra y golpeaban una piedra contra otra con el ángulo que dejaría una línea afilada donde no la había.
Cuando apareció Homo sapiens, hace unos trescientos mil años, los homininos llevaban cerca de tres millones de años fabricando filos de piedra. Casi todo lo demás llegó después. El control del fuego tiene quizá un millón de años, y la fijación de una punta de piedra a un astil, más o menos la mitad. La cerámica y el tejido pertenecen a las últimas decenas de miles de años; la agricultura, la rueda y la escritura, a los últimos diez mil. Durante casi todo el periodo en que el cuerpo de los homininos adquirió su forma actual, el filo fue la principal herramienta de que disponía.
Tres millones de años bastan para que una herramienta moldee el cuerpo que la usa.
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El pulgar humano es largo en relación con los dedos y puede girar hasta encontrar la punta de cada dedo, yema con yema. Un chimpancé agarra bien y puede juntar el pulgar con un dedo, pero su pulgar corto no puede presionar con mucha fuerza contra la punta del dedo. Sostener firme una lasca pequeña entre el pulgar y el índice mientras se la desliza con fuerza a lo largo de una línea es fácil para una mano humana y difícil para la de un chimpancé.
Los anatomistas llevan más de un siglo comparando ambas manos. Las diferencias son muchas y cada una pequeña por sí sola: la longitud y la musculatura del pulgar, las proporciones de los huesos de los dedos, unos extremos anchos en las falanges distales que sostienen yemas amplias, unas superficies articulares orientadas de modo que la pinza entre yemas transmita la fuerza con eficacia. Mary Marzke, cuyo trabajo sobre la mano de los homininos marcó el campo, sostuvo que, en conjunto, esas diferencias apuntan al uso diestro de herramientas y, en concreto, a la fabricación y el manejo de la piedra tallada. La mano moderna tomó su forma, a lo largo de unos pocos millones de años, de los agarres que exigían los filos de piedra.
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El control fino de la mano exige mucho cerebro. En las décadas de 1930 y 1940, Wilder Penfield estimuló la corteza expuesta de pacientes durante operaciones de epilepsia y registró qué áreas movían qué partes del cuerpo. En el homúnculo motor resultante, la mano, y sobre todo las puntas de los dedos, ocupa más corteza que el tronco y las piernas juntos. Un reparto tan desigual se acumula a lo largo del tiempo evolutivo, en un linaje que ha dependido durante millones de años del control fino de la mano.
Dietrich Stout, arqueólogo que estudia la talla de herramientas de piedra mediante neuroimagen, ha comprobado que la talla experta recurre a regiones empleadas en la planificación jerárquica y la secuenciación y, de forma menos esperable, a regiones implicadas en el lenguaje. El solapamiento es tan amplio que investigadores serios han propuesto que la fabricación de herramientas y el lenguaje evolucionaron juntos sobre una base neuronal compartida. La versión fuerte de esa tesis sigue discutiéndose. Pocos cuestionan la más débil: que hacer un buen filo y usarlo bien ha exigido mucho del cerebro de los homininos durante tres millones de años, y que la corteza carga con ese coste.
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El registro etnográfico añade otra línea de evidencia. Los antropólogos han descrito miles de sociedades humanas, pasadas y presentes. Muchas no tenían cerámica, y muchas no conocían la agricultura, el telar, la rueda, el metal ni la escritura. Todas fabricaban y usaban herramientas cortantes, y la lista de universales humanos de Donald Brown (1991) las incluye. Pocas tecnologías se acercan tanto a una constante.
Un universal no puede demostrar por sí solo que una capacidad esté inscrita en el cuerpo. Es, sin embargo, lo que cabría esperar si la capacidad fuera biológica y solo sus formas fueran culturales. Puesto junto a la anatomía de la mano y al mapa de la corteza, apunta en la misma dirección.
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La forma expuesta en El axioma pone nombre y límite a un trabajo para el que el cuerpo humano ya estaba hecho.
Quien entra en Zen-Wu aprovecha una capacidad que su mano ya posee y que rara vez ha contado con las condiciones para emplear bien. Otros oficios tienen sus propios bienes reales, y se puede vivir bien dentro de cualquiera de ellos. Produzca lo que produzca además la forma de Zen-Wu, el cuerpo la reconoce.
En La mano que piensa, Juhani Pallasmaa escribe sobre el conocimiento que aflora cuando la mano realiza un trabajo exacto sobre un material que ofrece resistencia. Ese conocimiento vive en la mano, y por mucho que se lea no se adquiere. Pallasmaa llega por la fenomenología al mismo lugar al que Marzke y Stout llegan por la anatomía y la neuroimagen.
La primera vez que un principiante saca una viruta limpia con un cepillo bien afilado, la reacción llega antes que cualquier opinión. Personas que nunca han trabajado la madera, y que no tienen ninguna idea formada sobre el oficio, se quedan calladas.
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La secuencia que formó esta capacidad va del filo a la mano, de la mano al cerebro, y luego a la enseñanza: transmitir una destreza a otra persona y trabajar a su lado. Quien entra en la forma y permanece en ella el tiempo suficiente recorre la misma secuencia a lo largo de una sola vida. El axioma se enunció sobre la herramienta. La última entrega de la serie lo vuelve hacia la persona que sostiene la herramienta, y hacia quienes la rodean.
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Definición de Zen-Wu
- La línea de niebla
- Sobre la forma
- El axioma
- Lo que sabe la mano
- Lo que afila la herramienta
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